Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Creo que es un deber del artista ser radical”

Vale Reyes o Valrey (1987) prefiere y le acomoda pensarse como una inventora. Nómade de formación y trayectoria interdisciplinaria, ha incorporado de cada lugar donde ha vivido un saber que ha definido su práctica artística. Estudió Teatro, Dirección de Arte, con mención en Cine, en la Universidad de Buenos Aires, Argentina; y Fotografía Digital en la Universidad de Madrid. Este último proceso formativo le permite trabajar en proyectos fotográficos individuales. Junto a ello, los lenguajes de la pintura, el dibujo y, sobre todo, la escritura, han sido vitales dentro de una práctica que se niega a las definiciones únicas. Pero si tuviéramos que establecer algunas pulsiones transversales en su trabajo, diremos que el misticismo cósmico y la ciencia ficción de horror atraviesan sus intereses.

Para Valrey, las artes visuales son los canales que le permiten explorar las complejidades de la existencia humana y en ello los relatos fundamentales, la leyenda y el mito, también le sugieren emprender proyectos artísticos. Uno de ellos es la exposición, organizada por SOFA (Sociedad de Fomento del Arte) llamada “Cosmiscimos”, que une la fotografía y la programación digital. En esa misma línea, “Luces primigenias”, cuyos lenguajes son la fotografía, los programas digitales y la pintura; y que tiene su ciclo exhibitivo en espacios públicos como ferias libres, en la ciudad de Santiago. Actualmente, vive en la localidad de Panguipulli, por lo que esta entrevista la realizamos de manera simultánea, vía WhatsApp y correo electrónico. Conversamos sobre tu postura frente al trabajo artístico, aquello que le ha motivado y los desafíos que supuso para su práctica la invitación de Animita Migrante.

Valrey, ¿Piensas que como artista y creadora de un discurso contemporáneo, debes tomar posición política frente a las violencias que se desprenden del relato capitalista?

“La verdad es que como artista no me siento una creadora, sino más bien como una co-creadora o una inventora, que mezcla los elementos que están a disposición en el universo y entrega una nueva perspectiva. Tomando eso en cuenta, claro, es inevitable no tomar una posición en un sentido natural, ya que la violencia del sistema que hemos inventado para vivir se presenta en los elementos con los que el artista juega. La violencia y el poder siempre van a querer condicionar un trabajo y forzarlo a mirar en la dirección que necesita para realizar su fin. Un fin que es para su beneficio. Ahí comienza lo radical, que es cuando el artista se sale de ese lugar que le da la sociedad, ese límite impuesto y ofrece una mirada, que es la nueva perspectiva. Esta puede tener varios significados, independiente de la intención del artista. Creo que es un deber del artista ser radical, bajo diferentes formas. Si no corre el riesgo de convertirse en un monigote, que no tiene nada que decir, nada que mostrar. El arte no puede nadar con la corriente todo el tiempo, tiene que tener la intención de cruzar las dimensiones del espacio-tiempo. Estar sobre, abajo, dentro, fuera de ella y ofrecer una reflexión. En mi caso es una reflexión sobrenatural”.

Por los alcances de tu trabajo, sus cambios y transformaciones en el uso del lenguaje y soporte, ¿Cómo ha sido la articulación de tu trabajo con las instituciones y/o plataformas de difusión/mediación de arte contemporáneo?

“Mi relación con las plataformas de difusión siempre fue auto gestionada. Antes era colectivo, con mi grupo de amigos, pues la mayoría trabaja en el ámbito del arte, sobre todo en Santiago. Hacíamos ferias nocturnas con música, presentaciones, exposiciones. También en galerías independientes. Ahora mi trabajo se ha convertido en algo más solitario, porque estoy viviendo en el sur de Chile. Trabajo en mi taller, de una forma más contemplativa y la difusión es a través de plataformas digitales. Siento que la forma en que las instituciones manejan el tema del arte nunca ha sido algo que me sirva efectivamente. Sobre todo porque está muy centralizada”.

Imagino que eso es producto, también, de un escenario cultural complejo, en un Chile neoliberalizado.

“Para una artista no es fácil subsistir en Chile, hay mercado para el arte, pero es pequeño. No se toma en serio. Los políticos hablan de la cultura, pero a la hora de ir a ver algún evento para “acercar el arte a la gente”, una ve que son presentaciones desaliñadas y sin gusto, solo para salir del paso. En las escuelas les enseñan arte, pero es una asignatura pasada a llevar. Por ejemplo, en las reuniones de mi hijo nadie pregunta por ella. El otro día le pregunté a la profesora, en la reunión de apoderados, que me gustaría saber cómo les ha ido en arte y que es lo que han hecho en esa clase. La profesora me estaba respondiendo y enseguida un apoderado expone que hay que hablar de cosas que tienen más importancia. Se desató una pequeña discusión sobre la importancia del arte, pero no les importó en realidad y las matemáticas siguieron como tema fundamental. Ahí es cuando uno se da cuenta de que lo que llaman “educación” no es eso. Que esa palabra no le hace honor a lo que quiere reflejar y me pregunto si el sistema es el responsable de que las personas no se interesen en el arte o las personas son las responsables de que el sistema no funcione para el arte. Hoy en día, los artistas son los que se generan su propio medio de difusión y gracias a la tecnología es un tanto más fácil. Pero no resuelve todas las problemáticas, pues falta apoyo para que el arte se desarrolle y los artistas puedan trabajar y exponer”.

Nos gustaría conocer un poco más sobre los procesos reflexivos detrás de tu obra para Animita Migrante?

“Para Animita Migrante escogí la fotografía de la naturaleza intervenida por programas digitales. La fotografía como reflejo/ retrato de la inmensidad de la naturaleza sin el hombre, el que es agregado para mostrar su fragilidad y posición en el cosmos. La migración no solo le compete al cuerpo (grasa, piel, huesos, sangre…) sino que lo que mueve al cuerpo, en este caso el alma. Para seguir existiendo tiene que abandonar el lugar donde habita para encontrar uno mejor o seguir su camino. Es un trabajo que refleja una mística filosófica. Un trabajo alquímico que busca demostrar el constante movimiento de las energías en la imagen del esqueleto caminando hacia un volcán y que está a punto de anunciar una crisis. Es un cuerpo gastado y cansado que busca un acontecimiento extremo para una transformación. En otra imagen hay dos hombres de espalda y vemos que el alma sale del cuerpo como una energía celestial que se libera al infinito para seguir su camino. En una siguiente, hay dos niños que se entregan la energía para unirse y conservarla en un todo. Quise llevar la migración no solo a un hecho territorial, sino a un espacio donde las fronteras que marcan y delimitan espacios -que separan a la humanidad- son transgredidas por sobrevivencia u oportunidades. Son fronteras imaginarias y transitorias para el alma en constante movimiento”.

Imágen: Valrey