Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Todo el mundo quiere visibilizar, dar valor, rescatar, todo desde una perspectiva positiva, eso a mí no me parece que sea lo necesario hoy”

Damos inicio a esta serie de diálogos con los y las artistas visuales invitados a compartir ensayos gráficos para Animita Migrante, con una nómade. Rosa Valdivia (1980), no sólo transita desde su natal Iquique a Concepción, sino que, también, sus procesos dentro de las artes visuales han ido movilizándose desde un arte figurativo hacia resultados cada vez más abstractos. Gestora cultural y experimentadora textil, su trabajo devuelve la técnica a un origen del hacer vinculado a un saber familiar femenino, lo que se constituye como matriz formadora de su experiencia artística. Precisamente, los ensayos gráficos que comparte para esta edición de Animita Migrante tienen como lenguaje y soporte, el bordado, asediando el concepto de exilio. Nos dirigimos a su casa para conversar sobre la invitación editorial de Animita, sus procesos y tomas de posición frente a las derivas de la práctica artística actual. Nos dimos la posibilidad, también, de conversar sobre el espacio independiente, recientemente cerrado, “Zaguán. Artes y Libros”, en tanto es un referente de gestión cultural local, escasamente comprendido en sus pulsiones más fundamentales.

¿Crees que, como artista y creadora de un discurso contemporáneo, debes tomar posición frente a las sistemáticas violencias que se desprenden del relato capitalista?

“He ido descubriendo que siempre tuve una toma de posición, pero que la he ido clarificando en el tiempo. El hecho de utilizar los bordados y tejidos es ya una toma de posición. Lo hice, en primera instancia, de forma más instintiva, pero después me di cuenta de que aquello era estar haciendo algo diferente, en un contexto donde las artes están institucionalizadas, borradas prácticamente. Entonces, mi toma de posición pasa antes del mensaje, por la elección de la técnica, con la que trato de estar enfrentada a la pintura, la escultura o grabado. Lo que se muestra o no se muestra, y lo que la gente tradicionalmente espera ver dentro de una muestra. Desde la perspectiva de las historias también, de la historia del arte o no historia del arte, posicionar la historia de mi familia, que es tan válida como todas las otras historias. Personalmente, no me gusta decirme o presentarme como artista visual o artista, es una designación que arrastra toda esa historia que deseamos interpelar. Por ahora, no sé cómo definirme. Antes lo veía más separado, pues gestaba proyectos de otras personas; pero ahora me he dado cuenta de que las artes visuales las he estado pensado desde la gestión. Cuando uno trabaja como artista está hablando de temas que le interesan y que quiero cuestionar y cuando trabajo en gestión llego a el mismo tipo de proyectos, entonces el cruce es inherente”.

Con relación al proyecto del espacio cultural independiente “Zaguán. Arte y Libros”, ¿cuáles fueron los aprendizajes luego de su cierre?

“Zaguán fue concebido como un proyecto artístico desde la gestión, pero fue difícil de concretar. Con Zaguán quería proponer un cambio de modo de hacer. Yo sabía la dirección, pero no supe hacerlo funcionar como quería. La gracia de ese proyecto es que no estaba atravesado por ninguna institucionalidad, ni centro cultural, ni universidad, ni municipalidad, ni nada. No hubo nunca financiamiento de nadie más que del mío. La esencia era que podía pasar lo que fuera, se podía decir lo que quisieras, no había ningún tipo de censura, no había auspiciador a quien responderle. Zaguán era un lugar que necesitaba mucha fuerza para mantenerse y, por lo mismo, hubo mucha prensa alrededor. Hubo una sobre exposición del proyecto que nunca me gustó. Sin embargo, era necesario en ese momento, de lo contrario nadie se hubiese enterado. Después de esa experiencia, puedo ver mi propia producción de otra forma. Ya no quiero que salga en todos los medios, con periodistas que apenas saben quién eres. Tampoco quiero ir a programas a los que vas a perder el tiempo. Hoy quiero dirigirme a quienes estén dispuestos a sostener un diálogo, y creo que no es necesario que todos sepan lo que dices”.

En ese contexto, ¿Cuál es tu relación o cómo piensas que debe ser la articulación de los y las artistas con las instituciones y/o plataformas de difusión/mediación de arte contemporáneo? ¿Cómo ha sido tu experiencia?

“He aprendido bastante de la experiencia de trabajo en la institución (actualmente es coordinadora de la Galería Bío Bío en la Corporación Cultural Balmaceda 1215). Después de hacer las cosas sola (se refiere al proyecto Zaguán) y trabajar ahora en una, es que voy entendiendo realmente como son las cosas. Uno como artista siempre cree que tienen una responsabilidad con uno o con el circuito, pero estando en una institución, te das cuenta de que ella cumple con lo que tiene que cumplir. Tú no le puedes pedir nada. En ese sentido, también reconozco la importancia de la autogestión, de la autonomía, y eso es a lo que tenemos que apuntar; porque las instituciones son parte de esta maquinaria. Siempre queremos trabajar con ellas, y ellas van a hacer que hables de lo que ellos quieren escuchar, como ocurre con los discursos fondarizados. Todo el mundo quiere visibilizar, dar valor, rescatar, todo desde una perspectiva positiva, y eso a mí no me parece que sea lo necesario hoy. Puedo sacar adelante ciertos proyectos, gracias a ciertas instituciones, pero también hay otros proyectos que están en una tónica completamente diferente a lo que quiere la institucionalidad, por lo tanto, no puedo ir a ella”.

Rosa, comparte con nosotros los procesos reflexivos detrás de tu entrega para
Animita Migrante.

“Decidí, más allá del concepto de la migrancia, trabajar desde concepto del exilio. Lo que
implica vivir una situación de transición permanente, vivir en dos realidades y olvidar ese
lugar que no quieres olvidar. Fue así como llegué al libro Nomadías, que habla de tres
cineastas chilenas que hicieron películas de temática feminista en el exilio. A partir de esos
ensayos comencé a trabajar con el exilio entendiéndolo como una situación confusa, una
situación de transición permanente. No de desplazamiento, si no que permanentemente vivir
en dos realidades. Así, entonces, elegí una canción que se llama “Ni toda la tierra entera” de
la Isabel Parra, como una canción ícono del exilio. Esta canción es escrita por una mujer y lo
que estoy haciendo es bordar sus seis estrofas a punto cruz. El punto cruz que elegí es un
molde que tiene cinco colores y son seis estrofas, por lo tanto, al quitarle a cada estrofa un
color, es decir, hacer el bordado con un hilo menos, la canción va a ir apareciendo o
desapareciendo según como lo quieras ver”.

Imágen: Rosa Valdivia