Procesos y prácticas para Animita Migrante

“El capitalismo nos ha otorgado la posibilidad de mirarnos y volver a considerar el territorio como el lugar propio. Ahí, el arte es un camino muy fértil para dejar de adolecer”

Los territorios, las diversas comunidades que le habitan y los procesos identitarios que le definen, son los cruces que a Natascha de Cortillas le interesan. En esas intersecciones canaliza sus proyectos y dota de contenidos su práctica. Desde la visualidad, no reconoce paisajes normalizados, sino que en forma permanente va desafiando su entorno desde otros saberes y lenguajes que transitan desde la técnica del grabado, el soporte fotográfico, a los archivos de la intervención urbana culinaria. Posicionada en esa liminalidad, no es necesario definir o enmarcar sus procesos artísticos, pues son éstos lecturas sucesivas que buscan desmontar algunos relatos obliterados por la historia única. Los oficios, las zonas de contacto que se dan en el cruce de lo íntimo a lo colectivo, los saberes que se desprenden de la ritualidad cotidiana y aquellos que se anidan en las prácticas del hacer femenino, los comparte en sus ciclos de intervenciones y ejercicios visuales que tienen como pulsión activar el eje arte y comunidades. Ejemplo de ello es el proyecto “Chile amasa su pan”, ejercicio que se desplaza desde el año 2005, en distintos territorios y a través de la instalación, la fotografía y la perfomance. Natascha es, también, académica e investigadora de la Escuela de Artes Visuales de la Universidad de Concepción, lo que la inserta en una trama de relaciones y jerarquías del saber que se vuelven relevantes en este encuentro. Nos recibe en su taller para conversar sobre su mirada actual en torno a su práctica y los desafíos que se desprenden de la invitación a participar de Animita Migrante.

Natascha, como artista y creadora discursos visuales contemporáneos, ¿sientes la urgencia de tomar posición frente a las violencias que se desprenden del relato neoliberal? ¿Cómo ves tú, en este contexto, el rol del y la artista?

“Primero, uno piensa cuál es la labor del arte en la sociedad. El rol transformador de ellas siempre ha sido vital, el arte siempre ha estado transformando sociedades y comunidades. Si yo siento que el arte es una herramienta de transformación, yo -como artista- también debería adscribir a esa labor. Yo tengo posibilidades de asumir en qué lugar yo quiero transformar, cuales son los conceptos y las operaciones que puedo utilizar. En el contexto actual del arte, pareciera ser que éste se debe a sí mismo un rol ético, valórico, opinante y discursivo. Hay una serie de demandas colectivas que en lo contemporáneo se contextualizan en territorio y nacen ancladas a un origen. Eso, también, es súper importante. Estas las pensamos dentro del capitalismo pero, a través de la historia del arte, son muchas otras demandas que se han dado. El “extractivismo”, por ejemplo, ha cercenado a las comunidades, las ha ido minimizando, por lo que en este momento hay un deber ser, político y ético, al respecto. Debemos pronunciarnos. Ahora bien, también dentro del arte existe extractivismo, entonces, el enfoque crítico será vital para ver si estamos contribuyendo a que exista una sensibilidad de modificación o cambio. Yo como que veo esas facetas que pudieron jugar en torno a esa relación arte-artista y este modelo. Desde Latinoamérica se percibe súper distinto, como si fuésemos artistas europeos, entonces pensarnos desde el territorio también ha sido una demanda. El capitalismo nos ha otorgado la posibilidad de mirarnos y volver a considerar el territorio como el lugar propio. Ahí, el arte es un camino muy fértil para dejar de adolecer”.

Considerando que con el correr de los años, el y la artista ha tomado más conciencia de su rol frente a la aceleración del capitalismo y su estructura de violencias. ¿Cómo crees que afecta o definen tu propio trabajo?

“En la medida en que tengo la capacidad de pensar de esa manera es porque estoy haciendo eco de ello en mi trabajo. Yo tengo varios proyectos y algunos funcionan con la contingencia más directa y otras trabajan de manera más subjetiva e intersubjetiva. En este último tiempo, me he dedicado a trabajar sistemas de producción agraria o problemas alimenticios, y me he cruzado con una serie de fronteras que tienen que ver con la sobre explotación de los recursos. En el fondo, considero es un deber que como artistas seamos personas con pensamiento crítico respecto del modelo. Esto es vital para la constitución de escenas y herencias artísticas”.

En ese sentido, es importante considerar que en esas relaciones es el contacto con las comunidades las que muchas definen provocan girar nuestros modos de hacer.

“Yo he pasado por varios procesos. Desde mi producción más madura y realizada, pero, también, hay un momento en que hay mucha búsqueda, mucha exploración. Uno de los grandes hitos dentro de mi proceso de transformación es, por ejemplo, dejar de hacer arte. Pasar a estar en una relación social con una comunidad y, definitivamente, perder el objetivo estético de estar produciendo una obra. Comprender al otro desde su esencia e instalarse con el otro. En ese contexto puedo mencionar mi estadía en Guatemala por un año, desilusionada de lo que pasaba en este Chile jaguar. Sentía que nada de lo que uno había dejado o intentado cosechar estaba instalado. La decisión de irme es decidir por apostar por otro lugar, otro grupo, otra gente y, por mucho tiempo, dejar de hacer arte. Fue un proceso crucial dentro de mi trabajo, porque el circuito del arte es súper demandante y para estar instalado en ciertas escenas y circuitos tienes que estar produciendo a cada momento. Hay un aceleramiento productivista que te demanda estar siempre ahí, de lo contrario vas perdiendo esa visibilidad y posibilidad de discursear. Luego, después, hay otro proceso importante y es cuando nace, “Chile amasa su pan”. En algún momento siento la necesidad de tener una voz política. Esa obra me ha permitido usar un delantal y salir a las manifestaciones estudiantiles, salir en demanda de una serie de situaciones o contingencias de la comunidad. Tampoco son cosas que ocurren así, de un día para otro. El colectivo MESA 8, ha sido el lugar que nos ha permitido a todos hacer un ejercicio de arte y comunidad. De reflexión crítica, resignificando nuevas lecturas del arte, nuevas operaciones, cambiando estos códigos epistémicos de acuerdo a cómo considerar estas nuevas prácticas”.

¿Cuál es tu acercamiento en relación al rol que tienen las instituciones, galerías o espacios que albergan las obras de los y las artistas? ¿Cuál piensas debiese ser su labor como mediadores?

“Tengo un ejercicio súper inocente del 2004. Es un video de una exposición del montaje de una explosión que nunca se ve. Con esa obra me retiro simbólicamente de los museos, en el sentido en que pongo cuestión el lugar donde la obra participa. Así, lo que se acciona en la calle y otros ámbitos de ejecución de las artes tienen igualmente valor para mí. Hay un acto de salir, de renunciar a esos espacios consagrados que me parece importante reseñar. Sin embargo, quiero comentar como veo la relación en este momento, más allá de cómo yo pudiera pensar, que debiera ocurrir. Hay eventos bien importantes, que tienen que ver con cómo la escena penquista se levanta desde un ejercicio de autonomía. Pese a que trabajamos con instituciones, con museos, con una institucionalidad que muchas veces nos respalda económicamente; nosotros hemos apelado a manejar una discusión, un diálogo de contenido que nos pertenece. La mayoría de los espacios alternativos e independientes en Concepción, también, han partido con ese suelo. En el fondo, independizarse de esas instituciones discursivamente es un proceso súper complejo y yo siento que ahí hay un avance vital. Es súper compleja la figura, yo estoy adscrita a una universidad, soy profesora de una escuela de Arte, entonces, es complejo cómo las instituciones se piensan a si mismas en esta labor. Falta mucho para que las instituciones asuman una postura realmente crítica, una labor mediadora y educadora real. Por ahora están recién tratando de entender que hay cosas que ocurren afuera de ellas. Ha habido ciertas acciones que responden más a voluntades individuales de personas que llevan ciertos proyectos en instituciones como la universidad o el consejo de la cultura. Ahora, por más que ellas tengan que hacer un labor, nosotros tenemos otra, que es señalar la ruta. El año pasado se hicieron una serie de mesas de reflexión, a nivel regional y nacional, en las que había un intento de levantar -desde las bases- ciertas discusiones que podrían servir a una política pública nacional. No obstante, cuando se cierra esa convocatoria nacional, no aparece en la discusión nada de lo que se conversó, que nada es vinculante a esa política. Hay acciones que son pérdidas de tiempo y dinero. Y ahí vemos de lo que adolecemos y como existe un ejercicio extractivista, pues estoy haciendo el ejercicio de preguntarle al otro, pero no lo estoy mirando y lo estoy excluyendo”.

Volvemos a la primera pregunta, porque ¿cómo es que accionamos hacia la comunidad y somos lo suficientemente lúcidos/as para entender que esa comunidad, efectivamente, puede permear y definir nuestros modos de hacer con conocimientos válidos?

“Creo que hay distintos tipos de artistas y miradas. Creo que es súper valido que una persona esté investigando en su casa, tranquilo, desde el lenguaje, porque también hay un acto político, hay un descubrir, y un mundo que se puede levantar. Pero ahí viene la interrogante nuevamente, ¿qué hago yo para que, efectivamente, sea una herramienta de transformación afuera? Ahí también hay una tremenda confusión respecto del artista, porque en algún momento nos tornamos nuestros propios gestores. Producimos lenguaje, producimos discurso crítico. Tenemos que decir, tenemos que montar. Entonces, las responsabilidades son tremendas y en toda la escala de producción del arte”.

Una forma de romper esa cadena es activando gestos críticos. Entender que la práctica del arte es una práctica que tiene varios elementos que le instituyen.

“Yo creo que la escena penquista sí tiene un mirada crítica respecto de los lenguajes que están produciendo. Lo que nos falta es tener conciencia para seguir creciendo de esa mirada que proviene, esencialmente, del periodismo”.

Quiénes sitúan los procesos.

“Claro, el mundo teórico, centros de documentación, la archivística. En el fondo, todos los elementos que permiten contextualizar las escenas. Todos venimos de algún lugar y todos estamos replicando y aprendiendo de sucesos que ocurrieron años atrás. La conciencia de ese proceso es vital para el gesto lúcido que puedo hacer. No significa que la teoría baja de los grandes pensadores, sino que -también- se ejerce en la discusión. La verdad es que hay hartos intentos, como la Revista Plus, las investigaciones sobre la escena de los años ochentas que promueve Claudia Ortiz, el archivo RAV, etc. Hay cosas interesantes, pero si no logramos articular la red siguen flotando solos”.

Natascha, ¿cuáles fueron los procesos que te gustaría compartir en torno a tu entrega de los ensayos visuales para Animita Migrante?

“Esta invitación es super oportuna, pues ya había estado abordando el tema de los cruces culinarios, a propósito de la llegada de otras culturas, de otros tipos de alimentos, de otro tipo de producciones. Pero, obviamente, no me interesa para nada trabajar esta invasión a nivel institucional o Gourmet. Me ha gustado mucho cómo, por ejemplo, los propios migrantes han generado sus propias redes alimenticias. Los colombianos, entre sí mismos, se proveen los alimentos, como la arepa, por ejemplo. El choclo tiene que ser cocido a carbón, etc. No tiene que ver con la idea de un posible mercado de producción o de transacción, sino que justamente con su propia subsistencia. Abordé el mundo colombiano y el venezolano que son, de alguna manera, las personas que más han llegado acá, ahí anduve investigando. Estuve con algunas señoras que, entre sí, hacen ciertos matutes, gente en Barrio Norte que tiene huertas donde se están proveyendo sus propias necesidades. Aunque es un alimento que ellos se generan para sí mismos, creo que también enriquece bastante la culinaria chilena y es un tremendo aporte, sobre todo si pensamos que Chile y, en específico, Concepción , es un lugar la cultura culinaria se han mantenido de manera bastante sacra e impermeable. Se han dedicado a mantenerse puras e incólumes. Este gesto me interesa rescatar. El lenguaje es la fotografía, la entrevista, un poco de archivo. Ciertos ejercicios que tienen que ver con paletas de colores y gráficas que se pueden contrastar a través de la misma fotografía. Me interesa mucho trabajar la idea del detalle, porque siento que éste es grandilocuente,. Pequeñas escenas o pequeños objeto son capaces de transportarme a grandes escenografías. Entonces más que estar relatando hechos y acontecimientos en toda su magnitud, me interesa trabajar desde esas microimágenes que me pudieran extrapolar o metamorfosear a estas otras escenas un poco más grandilocuentes, más colorinches”.

Imágen: Natascha de Cortillas