Procesos y prácticas para Animita Migrante

“¡Filo! ¿Qué tanto? Morimos en la ley del arte del performer”

Nos encontramos con Luis Almendra (1979) en un punto neurálgico de Concepción, en el Café Colombia de la Plaza Perú. Pienso que no es fortuito, porque esa intersección urbana es un correlato espacial de su práctica artística eminentemente transdisciplinaria. Almendra no le teme al cruce de códigos y lenguajes en su trabajo visual. La fotografía, la pintura, la performance y el diseño pulsan en él. Luis es licenciado en Artes Plásticas, Mención Pintura, de la Universidad de Concepción y Magister en Arte Urbano de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha recorrido varios países investigando y exponiendo su trabajo. Es un trashumante, que en constante movimiento va soslayando eso que reconoce como una desilusión radical frente al escenario artístico; pero que, pese a todo, ama. Durante su trayectoria ha ido construyendo metodologías y madurando objetivos de su trabajo, por ello esta entrevista se configura como una mirada desde el presente hacia sus procesos y, también, de aquello que se avecina. Parte de lo último se expresa en la tríada de ensayos visuales que comparte para esta edición de Animita Migrante. Un proceso que le obliga a girar sus modos de hacer e incomodarse desde y con su propia práctica.

Luis, ¿Cuál crees que debe ser la toma de posición política de un y una artista en estos tiempos y frente al escenario de violencias sistemáticas en términos de género y problemáticas raciales?

“Tengo la sensación de que es un tema que me queda grande. Es tan complejo, por ejemplo, ver cómo se mueve la política en el país, pues son tantas variantes. Los comunistas se asocian con gente de derecha, no sabes quién es quién, y eso, también, veo que se desarrolla en el mundo de las artes. El mundo de la cultura no está manejado por actores culturales, si no por operadores políticos, entonces ahí la cosa para mí se pone borrosa. Uno, en definitiva, adopta una posición que efectivamente ha hecho de tu actividad artística algo precario, pero también está siendo tu postura política, ya que está definiendo tu futuro y tu vida. Independiente de que te vaya bien o mal, estás siendo valiente, estás asumiendo ese camino y yo creo que eso también lo hace una actividad política o micropolítica personal. Lo asumes y dices bueno, si nos vamos al carajo, ¡nos vamos al carajo no más! ¡Filo! ¿Qué tanto? Morimos en la ley del arte del performer”.

¿A quién crees que interpelas con tu trabajo?

“Primero, he visto cambios a nivel doméstico con mi familia. Ellos ven con malos ojos al “Luchito” que anda mostrando el culo, que se tira en contra de los militares, que se saca fotos con una pichula gigante. Yo estaba bien como pintor, que era un oficio, por último. Pero yo con mi pintura no tengo una relación crítica con la realidad, por ello siento que las performances me dan ese espacio para entrar a la calle que es un punto de lucha política, subjetiva/objetiva. Igual siento que hay cosas que hago que se consideran de mal gusto y que, definitivamente, no entro dentro de los cánones o de las formas de manejarse de otra gente o de otros contextos culturales. He hecho performances donde me he introducido micrófonos en el ano y he hecho sonidos marcando una especie de territorio. Al inicio de mi carrera había sido payaso y, por lo mismo, me fueron dejando de invitar a ciertas cosas por temor a que mal utilizara los micrófonos o porque había cabros chicos. Uno está en los espacios públicos, pero en ellos no hay libertad. En la performance tú te puedes empoderar de tu yo y darte ese espacio de libertad que no tienes nunca”.

¿Por qué la dicotomía entre tu pintura y la performance?

“Cuando estudiaba arte, yo pintaba y quería ser pintor. Entonces lo que hacía con la pintura era contemplar. Lo que me interesa de ella es que alcanzas un nivel de concentración tal, que entras en trance y, al exponerlo, logras algo similar en quien lo observa. Con la performance yo no busco el trance, busco una acción, una contradicción, una irrupción, una disrupción de una conducta común y corriente como, por ejemplo, cuando veo a los milicos todo el rato en una misma línea, pienso, no puede ser, hay que contradecir las señales de esa masculinidad. Me carga que la imagen del hombre sea el pantalón, el traje verde o el traje negro, pues yo estoy en búsqueda de otra masculinidad. Entonces salgo a la calle y voy a ir en contra de eso para que, aunque sea de manera mínima o invisible, decir que no estoy a favor de esta conducta masculina”.

Esa zona de incomodidad es precisamente lo que le da un sustento a tu trabajo.

“Igual hay cosas que yo no haría. Puede sonar un poco mamón, pero siento hasta un deber ético de que el espacio del arte no debe ser de libertad total. Pienso que, en el arte y el performance, uno puede acceder a un grado mayor de libertad, porque cuando eso no ocurre… ¿mejor para qué no? He pasado 20 años haciendo cosas, me he mandado cagadas, me han salido cosas buenas, otras más o menos, pero sí estoy contento con lo que hago porque me gusta. Eso me da el impulso para los próximos 20 años”.

¿Cómo ha sido tu relación con los espacios de exhibición de tu trabajo?

«Yo no he expuesto mucho. Recién voy a hacer la segunda en la Pinacoteca. Ahí yo no voy a criticar a la institución, sino que voy a mostrar mis pinturas. No he tenido la suerte de estar en grandes espacios museales, pues mi obra no la ha comprado ningún museo. He participado en algunas bienales de performance, pero independientes. Yo no sé cómo llegar a la bienal de Venecia, por ejemplo. El 2011 la visité y había harta porquería y me preguntaba, ¿por qué la gente de Concepción no viene para acá? ¿Qué pasa que no sabemos hacer lobby? Yo soy totalmente ajeno a ese mundo, soy un gallo super marginal, no estoy dentro de esos circuitos. Por ello no tengo tanto material o discurso para hablar de como yo me relaciono con los espacios expositivos. Mis espacios expositivos son más bien mi web y las redes sociales donde yo soy mi propio mediador

Luis, comparte algo del proceso reflexivo detrás de tu entrega para Animita Migrante y qué significó la invitación para tu trabajo».

“Cuando surgió la posibilidad de trabajar con Animita, me pregunté acerca de qué postura tomaría. ¿Tomo una postura de denuncia, lo cuento o tomo una posición irónica intentando denunciar una situación o genero una acción simplemente estética, un juego estético-lúdico? Entonces dije, para eso no me voy a quedar en casa haciendo un juego netamente gráfico, ni voy a hacer una fotonovela, simplemente, dibujando un cómic. Yo necesito relacionarme con una persona. Al comienzo me demoré un poco, porque me daba cosa, no sabía cómo hacerlo y a veces me veía solo en la calle y van a pensar que soy un violador o un tipo que está en búsqueda de otra cosa, pero al final me resultó. Un día, iba con otro amigo por la calle en una situación nada que ver con este trabajo y, de repente, veo a Ashil, que es haitiano y vive acá en Concepción y me presenté. Él trabaja en el supermercado Acuenta de Chiguayante y en una bencinera los fines de semana. Le dije que yo era pintor, le mostré mi página web y le propuse hacerle unas fotografías. Él habla muy poco español, pero comenzamos a comunicarnos un poquito en inglés y me dijo que sí. Lo primero fue juntarnos, conocernos, ir a tomarnos un café y, después, otro día, hicimos las fotos. Saqué tres fotos, de tres situaciones de Ashil, con tres trajes diferentes y gráficas al muro y en su cuerpo con palabras en Creolé. Es un idioma que desconozco y que me interesa conocer. Es una fotoperformance y la intervención gráfica va directamente sobre el cuerpo de él y sobre el muro que va a estar detrás”.

¿Crees que este trabajo deba abordarse más allá de la lógica del tema y que sea capaz de modificar tu práctica artística?

“Este ejercicio fue super potente, pues yo no le tomaba el peso. Después vi a lo que me llevó. Si no hubiese estado el proyecto, no lo hubiese hecho. Y si encontré potente ese primer paso de obligarme a hablar con una persona haitiana que, por lo demás, son los más vulnerables. No saben español ni inglés, vienen engañados, hay toda una confabulación política que es tremenda en torno a ellos. Me vi en la necesidad de acercarme y de generar una obra donde la misma me condujo a otro tipo de reflexión. Yo soy crítico de muchos artistas que utilizan este tipo de elementos y los exotizan, yo no quería caer en ese juego”.

Imágen: Luis Almendra