Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Yo creo más en el arte como una experiencia, que tiene que ver más con la vida que con los espacios excluyentes”

Lorena Vivent tiene una genealogía de vida marcada por una cultura matrística. Quizás por ello, los modos de hacer dentro de su práctica artística están definidos por lo nómade, el tránsito desde un lugar otro (Chile, Argentina, España, Alemania, Italia) y el rescate de diversos saberes en cada lugar que le ha tocado caminar. Más allá, y quizás también por esa influencia, configura una mirada transdisciplinaria de la práctica artística, que la mueve por territorios disímiles y porosos desmontando el ejercicio tradicional hacia un trabajo de creación de objetos tridimensionales a través de diversas materialidades. La recolección es parte de su proceso, donde vidrio, adobe, ladrillo y otros materiales reciclados son releídos desde y para su proyecto artístico. Lorena es Licenciada en Artes Visuales de la Universidad de Chile y tiene un posgrado en Cultura Visual de la Universidad de Barcelona, España. Ha exhibido su trabajo de manera personal, pero también colectiva, y pareciera ser esta última una pulsión y forma de articularse a una escena que le interesa, pues ha promovido una serie de encuentros entre artistas de distintas partes del mundo. Un ejemplo de ello, en “Monumentos Compresenciativos” (http://monumentoscompresenciativos.blogspot.com). Nos hemos comunicado vía whatsapp para esta entrevista, pues actualmente vive en Berlín. La distancia, sin embargo, no fue un obstáculo para establecer una conversación en torno a sus procesos y formas de enfrentar la práctica artística.

Lorena, ¿crees que el y la artista visual, sobre todo hoy, debe tomar posición frente al entramado neoliberal y las violencias que de él se desprenden?

“No creo que deba tomar posición frente a un tema u otro, creo más en el querer tomar posición. Personalmente, la violencia del relato capitalista no es algo que yo haya tratado anteriormente, pero si me he visto muy afectada. Ha definido mi trabajo, sobre todo en el último tiempo. Y es que, justamente, esta violencia de la exclusión, del elitismo y del dinero es lo que me lleva a trabajar en espacios públicos, para poder incluir a los transeúntes. Si yo no puedo pagar una entrada al museo, quiere decir que esa experiencia con el arte es solamente para los que tienen plata. Sólo ellos lo pueden vivenciar. Yo creo más en el arte como una experiencia, que tiene que ver más con la vida que con los espacios excluyentes”.

En ese contexto, ¿cómo ha sido esa relación con los espacios e instituciones que albergan o exhiben tu obra? O, especialmente en tu caso, ¿Cómo crees que debe ser esa relación?

“Pienso que debe ser más amigable, sin duda, creo que eso falta siempre. Cuando uno trabaja directamente -no con instituciones y no con la burocracia- con las personas, las posibilidades son mucho más ricas para los dos lados. Por un lado, la institución llega entender qué es lo que está llevando el artista y una llega entender también cuál es la necesidad de la institución, pero de una manera más humana. Eso le falta a la institución. Creo que en este momento tenemos mucha suerte de tener plataformas como internet que están bastante abiertas y libres. De cierto modo, a través de ella nos conectamos con otros y otras artistas, en otros puntos del planeta, y eso es súper positivo para nosotros”.

En relación a lo que compartes para la edición impresa de Animita Migrante, ¿podrías hablarnos de los procesos reflexivos detrás de tus ensayos visuales?

“El proceso fue complejo. Hay tantas aristas, tantos mundos, sobre todo cuando una es migrante. Hay muchas maneras diferentes y muchas temáticas. Yo elegí hacer un collage. Me pareció coherente y, además, me encanta trabajar con esa técnica. Mezclar diferentes materiales, imágenes y ver cómo poder contar una historia que es tan típica y terrible a la vez. Me interesó el tema de los papeles y cómo te miran en la frontera que, en general, es súper violento porque a nadie le interesa quién eres. Simplemente miran tu número. Nadie te pregunta qué es lo que traes para compartir. Te clasifican en diferente niveles, a quién revisamos más o menos, etc. Lo que traté de contar es una pequeña historia del papel, de una niña que está en la frontera y que muestra su pasaporte que está escrito a mano. Primero había hecho un final terrible, pero después de darle una vuelta, decidí que la dejarían pasar, aunque su pasaporte esté escrito a mano. Intenté crear una imagen positiva de la situación, una imagen fantástica como un acto psicomágico esperando que algún día no tengamos que mostrar pasaporte alguno. Sólo decir quiénes somos y qué es lo que queremos hacer o aportar”.