Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Yo vengo de una generación que no puede evitar mirar las cosas si no a nivel de crisis”

Espacio O es un centro de investigación y exhibición que tiene como objetivo desarrollar y potenciar proyectos en arte contemporáneo. Se emplaza como una relectura arquitectónica, en el tercer piso de la antigua casona roja de la esquina Villavicencio, en el Barrio Lastarria. Es allí donde nos recibe el artista y gestor Jorge “Coco” González (1965) para conversar en torno a la invitación de Animita Migrante y, también, para compartir parte de su mirada crítica de la escena cultural actual. No es casual que nos convocara en Espacio 0, pues articulada a dicha plataforma está funcionando la Cooperativa de Artistas SXC, de la que Jorge ha sido parte e impulsor. Junto a su extensa labor creativa y editorial, donde destacan sus propuestas de lectura en Cambio de Aceite (2003) y Revisión Técnica (2010), el trabajo en y desde la Cooperativa de Artistas define una toma de posición política donde no sólo prevalece la pulsión de promover y vender obra, sino que, además y con ello, el resguardo laboral de los y las artistas visuales asociados a ella. El sentido de pertenencia, la crítica social y el cruce de lenguajes en torno a la ciudad como un cuerpo colectivo han definido su trabajo y permean la trilogía de ensayos que entrega para la edición impresa de Animita Migrante.

¿Jorge, como creador de discursos contemporáneos y gestor ¿sientes que los y las artistas deben tomar una posición frente a un entramado social que sistemáticamente perpetúa violencias de clase, raza y género? ¿Cuál crees que es su rol?

“Es una pregunta no es tan fácil de contestar. Porque de alguna forma el arte contemporáneo ha impulsado – como sistema de producción, de investigación y de creación – lo contestatario. En realidad, uno tiene una herencia de la vanguardias históricas que, en mucho, está en contra la burguesía, en contra del capitalismo y el armado virulento de esta sociedad. Pero, por otro lado, también me hace pensar que el propio arte contemporáneo es ultra deudor de ese mismo sistema y es muy complejo morder la mano que te da de comer. Y no por quedar bien con alguien, porque ya haciendo tu obra te ganas enemigos gratuitos. No siento que yo pueda ser tan tajante, hoy, y decir que el arte ahora cumple lo que antes, como, por ejemplo, ser parte de la tribu o ser parte de un chamán o una energía. A pesar de que siento que prevalece esa tradición romántica de sentirme solo con el mundo y ser como una suerte de aglutinador de cosas, uno siempre siente que lo que está aportando es de bajo voltaje. No siento que uno haga grandes cambios desde la estructura del arte. Por lo menos, yo hago un arte bastante tradicional, enfocado en cómo se mueve la escritura. No sé si la experiencia de los amigos okupas, ciber punkys, o tecno agros pudiesen decirte otra cosa. Viéndolo desde las trincheras foráneas, quizás ellos pueden decirte algo más sobre cambios mínimos y sustanciales”.

Quizás el campo de arte debe interpelarse en sus fundamentos y prácticas, incomodarse a sí mismo.

“Yo vengo de una generación que no puede evitar mirar las cosas si no a nivel de crisis. Nos tocó estar bajo la ola, ni siquiera antes de la ola. Es indudable que el beneficio económico que se ha ido produciendo, desde los 90 en adelante, no se ha visto reflejado en el aparataje cultural y, menos, en el artístico. Algunos pueden decir que estoy siendo muy fragmentario con esta crítica, me pueden decir que hay planes de centros culturales para espacios sobre cincuenta mil habitantes, que hay Fondart y Dirac, y aunque eso está muy bien, sigue siendo un estándar de competencia aleatoria y, a veces, bastante desleal a nivel de las selecciones. El Estado no ha tenido la velocidad para ir variando el diálogo con los creadores y con el saber de la cultura en todos sus márgenes. Por otro lado, siento que los creadores estamos medio anquilosados en nuestras velocidades de respuestas con respecto al qué hacer, cómo hacer y para qué hacer. Si puedo aportar un comentario crítico es que uno mismo debería tomar creativamente las opciones de hacer cosas. Siento que la frustración no solo se está traduciendo en la obra, si no que en las cosas que no hacemos. Caemos en la paradoja, donde un buen proyecto que no tenga fondart, no se hace y, por ende, se le considera un mal proyecto. Esas cosas me parecen extrañas”.

En ese contexto, ¿cómo ha sido tu relación con las instituciones que han albergado tu trabajo, ya sea instituciones culturales como galerías?

“Es indudable que tenemos otras cosas de mencionar que son imposibles de soslayar. Por ejemplo, el mercado. El dinero se ha vuelto muy importante a la hora de hacer arte. Yo vengo de una generación que nació con la radio y realmente la tecnología se ha complejizado de manera supina. Con suerte nos comunicamos en palabras y ahora nos ha llegado una avalancha de medios donde todos podemos acceder a una imagen. El paradigma para medir el trabajo era diferente en un sistema donde las obras circulaban de otra forma. Ahora hay una ultra saturación de esas imágenes y la velocidad con que son dirigidas, por eso, ese tiempo de contemplación que tiene el arte para hacerte reflexionar, comprender, traspasar, criticar, es diferente y es un punto de inflexión interesante de pensar cómo se da. Creo que el medio chileno aún es débil, pequeño y precario. Seguimos con la idea de que cuando pasa algo, lo queremos todo, porque nunca sentimos que tenemos lo que nos merecemos. Siempre queremos estar en un libro, en una exposición, que nos compren, etc. En rigor, uno vive precariamente. No estoy hablando de que el artista deba tener un sueldo pagado por el Estado, pero sí instancias que permitan proyectarte. Por ejemplo, si expones en un museo, como el Nacional de Bellas Artes, esa exposición debe ser relevante en tu carrera y eso no pasa. En este momento, en Chile, hay mucha oferta y poca demanda. Para que hablar de agentes de arte, porque no es un aparataje construido todavía. En lo teórico se han ido produciendo algunos cambios. Hay una línea teórica muy diferente a la que yo conocí, por fortuna. Está llegando más gente a Chile. Antes uno se enteraba cuando ya se iban. Por lo menos ahora te enteras cuando llegan y puedes interactuar. Está pasando algo en Chile, la gente lo está mirando, no solo por un asunto exótico, sino que hay un cuerpo real de obra. Hay una densidad crítica que, también, es real; aunque nos digan que somos los fomes de Latinoamérica”.

Jorge, te invitamos a compartir parte de los procesos reflexivos detrás de los ensayos visuales para la edición impresa de Animita Migrante.

“Este es un proyecto de cariño. He estado involucrado directamente en una de las ediciones de Animita en el año 2010. Esta invitación que nos ha hecho Animita Migrante, para trabajar en en torno al concepto de migrar, me ha hecho pensar en muchas cosas que van desde las migraciones religiosas a Roma en el siglo XV, hasta lo que está pasado ahora con los conceptos de etnicidad, raza y de negritud. Pero no me voy a subir al carro de la victoria de los artistas que están haciendo obra con el tema de las migraciones. Desde el año 1998, yo vengo haciendo obra con la idea y el sentido de la pertenencia de la visualidad social, con imágenes que son transversalmente emocionales a mucha gente en Latinoamérica. Eso me dio pie para crear imágenes que tuvieran un voltaje que apelara al humor y al absurdo. Son piezas gráficas, armadas especialmente para este trabajo y que rescatan imágenes de los años cincuenta de algunas revistas chilenas, pero situadas en otro contexto y guardando relaciones poéticas. No son tan directas. Trabajé con el huevo del silabario, con el Condorito y usando palabras en aymará y español. También, trabajé con el ladrón de los hoyos de los monitos animados que uno veía cuando niño. Todas estas imágenes te permiten a ti ser migrante y, mirándolas, entender las imágenes de quien migra, desde adentro y desde afuera”.

Imágen: Jorge Gonzalez Lohse