Procesos y prácticas para Animita Migrante

“…el arte debe dejar de ser el fin que se persigue en la educación artística, sino que tiene que ser un medio de reflexión para generar conocimiento”

Carla Padró, en su ensayo Compartiendo momentos de tránsito: La investigación en museo como un espacio de posibilidad, se refiere a Smith cuando explica que “para recobrarnos a nosotras mismas como sujetos sociológicos, debemos teorizar desde nuestra propia experiencia y de este modo visibilizar las prácticas reales para poder situar nuestra investigación en el mundo cotidiano”. Extrapolo la reflexión a esta entrevista porque de ella emergen algunas pulsiones que desafían el trabajo de las/os artistas visuales desde un rol mediador y educativo. Jessica Castillo (1977) es licenciada en Artes Plásticas de la Universidad de Concepción, donde también obtiene la pedagogía. Su trayectoria, entonces, cruza la práctica artística del grabado con el campo de acción educativo. Una intersección sugerente de ser pensada, sobre todo hoy. Ha exhibido individual y colectivamente, sobre todo en la XVIII región. Ha sido premiada en diversas convocatorias y concursos como el Primer Premio de Salón Sur de Pintura, el año 2009, y, también, adjudica el proyecto Fondart “Alfabetización visual: Ejercicios Instalativos Interactivos”, el año 2005. Conversamos con Jessica, via whatsapp, pues se encuentra radicada en España donde cursa un Doctorado en Artes y Educación, en la Universidad de Granada; sobre la forma en que concibe su práctica como artista y docente, los desafíos que ello conlleva y parte de sus procesos reflexivos para la invitación de Animita Migrante.

Jessica, en el marco de tu experiencia como artista visual, ¿piensas que debes tomar posición política a través de tu trabajo? Más allá, ¿Consideras que hay cierta responsabilidad social que asumir desde el arte frente a las violencias que se desprenden del relato capitalista?

“Esta pregunta me ha puesto a reflexionar en torno a mis procesos, primero, como artista que hace grabado, luego como profesora. En aquélla época mi trabajo visual, y el de muchos en esa época, estaba destinado, sin pensarlo, a hacer una investigación autoetnográfica donde la propia historia emergía alegóricamente. Era un trabajo reflexivo a partir de la propia experiencia. Pero una vez que comencé mis estudios de pedagogía comencé a compartir ambas labores, de artista y docente, pero corrían por carriles diferentes. Por ello, no puedo decir que haya tenido una posición política frente a mi trabajo o frente a mi rol como profesora. Eso se fue gestando de a poco, en la medida en que me fui vinculando con los contextos en que iba a trabajando. Me iba dando cuenta de que era necesario profundizar mucho más, justamente en esos contextos, y no quedarse en la superficie. Con ello me refiero al currículum. Ahora, mirándolo desde esta perspectiva, yo pensaba que lo correcto era gestionar lo mejor posible las didácticas y estrategias de enseñanza y aprendizaje; pero pensando el arte como un fin, no un medio desde el que se pueda investigar cualquier problemática educativa. En estos momentos me defino como una artista/pedagoga/investigadora, y eso ocurre cuando hice estudios de magíster y descubro las metodologías basadas en el arte. Metodologías que vienen de lo cualitativo, pero sustentadas en las artes visuales como información igual de relevante que otro tipo de investigaciones. Dentro de esta metodología, me interesa la A/r/tografía, que es un término que engloba al artista, al investigador y al profesor, por tanto, propone un enfoque que permite cruzar esos roles. No desde esa manera esquizofrénica en la que, generalmente, se piensa a los profesores de artes visuales, que hacen correr su trabajo creativo por un carril distinto del trabajo pedagógico. Cuando yo conozco esa perspectiva, me doy cuenta de que el arte debe dejar de ser el fin que se persigue en educación artística, sino que tiene que ser un medio de reflexión para generar conocimiento. Ese conocimiento tiene que ponerse en relación con el entorno. Hoy, puedo decir que mi posición como artista y como pedagoga tienen como rol el facilitar procesos de comprensión y entendimiento de los contextos en los que se habita a través del arte”.

Movamos la conversación a la forma en que como artista y docente te has relacionado con las instituciones que albergan tu trabajo. Quizás comenzar con tu rol como docente, ¿cómo se ha dado o como crees que debe ser esa relación?

“Entiendo esta pregunta en términos de instituciones educativas. Hoy tengo una mirada mucho más crítica, porque mi trabajo pedagógico depende de las instituciones. En su visión y la forma en que entienden las artes visuales. En ese sentido, la acogida que ha tenido mi trabajo no ha sido del todo buena. La educación artística es un sector pequeñito en el currículum, se traduce a una hora semanal en educación básica y en educación media es optativa. Partiendo de esa base, para directores y sostenedores parece nada y no interesa. No ven el enorme beneficio que las artes visuales pueden tener para las asignaturas fundamentales. En estos doce años de docencia, nunca he dado con un lugar digno para poder hacer clases; para que, sobre todo, el alumnado pueda trabajar tranquilo. Y, lamentablemente, esto se extrapola a la educación superior.
Me da la impresión de que hay que estar improvisando soluciones con las instituciones a todo nivel».

¿Y como artista visual, pensando en tu trabajo desde el grabado?

“Como grabadora moví mi trabajo en las diferentes galerías que, en ese momento, existían en Concepción. La acogida, en general, fue buena, pues me asocié con algunos artistas para ello; pero, también hice mucha autogestión. En la medida en que fueron desapareciendo esas galerías, fui sacando mi trabajo de esos espacios porque los circuitos ya no estaban disponibles. Busqué otras instancias y las que encontré fueron las plataformas y redes sociales de Facebook. Allí iba subiendo mis trabajos, más el boca a boca de quienes ya habían comprado mi trabajo, me ayudaron mucho. Ahora bien, una de las últimas experiencias que tuve con una galería de arte no fue muy buena y debo decir que con bastante desazón me fui de allí. Creo que hoy, más que confiar en que instituciones validen mi trabajo, yo lo muevo y no quiero depender ni humores ni de la economía de otros. Igualmente, siento que es necesario estar allí, pero como mi trabajo no es exclusivamente artístico, pues está bien donde está”.

Cuéntanos un poco sobre los procesos reflexivos detrás de los ensayos para la publicación impresa de Animita Migrante.

“El trabajo que presenté para Animita se enmarca dentro de la producción gráfica de mi tesis. Una investigación con carácter a/r/tográfico que propone que quien Investiga, pueda crear imágenes como reflexión del objeto de estudio. Son varias series de grabados que buscan llevar a imagen gráfica el concepto de identidad. La imagen de la portada se llama “Lo que somos”. Es un fragmento de la imagen total que se compone de 100 módulos y que corresponden a una imagen panorámica del problema de investigación. La técnica del conjunto es la xilografía. Son módulos de 10 por 10 centímetros impresos sobre diferentes soportes. Esa imagen es una panorámica y el nexo que tiene con Animita Migrante está en el relato de una identidad que se desplaza y transita. En definitiva, es la imagen de un colectivo, donde cada uno posee características propias y metafóricamente habla de la identidad inserta en un contexto diferenciado. Se generó con diseños de papeles intervenidos previamente para, justamente, lograr esa diferenciación”.