Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Mi cuerpo es un medio y un espejo para decir lo que se oculta y se calla, lo que no se conversa”

Guillermo Moscoso (1972), últimamente, ha estado activando una mirada genealógica en torno a su trabajo. Una revisión necesaria y urgente como lectura crítica desde el presente. Este ciclo se consolida el año 2016, a través del ejercicio curatorial llamado «Cuerpo, memoria y activismo. Exposición de Guillermo Moscoso», donde compartió parte importante de sus procesos artísticos, sobre todo, con las generaciones más jóvenes en la ciudad de Concepción (Chile). Para esta entrevista nos encontramos en su casa-taller y conversamos sobre este momento de revisión y creación que continuará desplegándose en un próximo gesto editorial y una circulación por tres territorios de la región del Bío Bío (Tomé, Los Ángeles y Chillán) durante el segundo semestre del presente 2018.

La trayectoria de Guillermo en las artes visuales no establece hitos ni bifurcaciones, pues toda ella refiere al cuerpo que es, no al cuerpo que tiene. En ese sentido, si bien sus pulsiones están centradas en las urgencias políticas en torno a las violencias de género y el activismo por visibilizar la situación de precariedad sostenida del VIH/SIDA, es todo el entramado neoliberal el que sutura tensiones que como artista intenta rehabilitar desde y para el cuerpo. En ese contexto, no existe formación académica que logre avanzar por sobre una mirada crítica y lúcida, corpopolítica, que vuelve su práctica artística objeto de saber y saber en sí mismo. La invitación de Animita Migrante, para compartir parte de su trabajo en tres ensayos visuales, se articula a esa toma de posición y, en ella, emerge esta conversación.

Guillermo, pensando en tu trayectoria y en la forma en que has enfrentado la práctica artística, ¿crees que los/las artistas deben tener un rol o les cabe alguna responsabilidad frente a las diversas violencias que emergen del relato capitalista?

“Yo, claramente, siempre he pensado que el artista debe tener un rol súper preponderante en la comunidad, en el lugar donde se sitúa o vive. Desde que comienzo a tener conciencia de que lo que estoy haciendo son obras que entrego a la comunidad, sobre todo en temas invisibilizados en el país y América Latina, sé que debo tener ese compromiso político. El hacer por hacer, para mí, no tiene cabida. Lo que he hecho en estos años es catalizar inquietudes que, desde mi biografía, piensa en los otros y que reconoce otras miradas. Cuando hago mi performance yo me dirijo al público y cuento mis motivaciones, doy mi declaración política frente al tema que voy a desarrollar e invito a desarrollarlo. Yo creo que el artista tiene algo que decir, el artista no puede quedarse callado. Pero, claramente, estamos con este sistema que llegó para quedarse y uno ve que esta dinámica del mercado prioriza los productos, los números más que la calidad y los procesos, y ahí nos vemos en una encrucijada. La ciudadanía está desinformada, pues el sistema quiere hormigas trabajadoras, empobrecidas, subyugadas a un sistema demencial. Hay visiones súper sesgadas, hay que ver lo que pasa en torno a las diferencias de género. Hace poco hubo una exposición y fui para compartir un rato y, más allá de si me gustaron o no las obras que vi, me pregunté ¿dónde están las mujeres aquí? ¿No existen las mujeres artistas creadoras? No están aquí. Por suerte, te cuestionas eso, y chuta, que sesgado”.

Y más recurrente de que lo una esperaría, sobre todo hoy.

“Es súper recurrente. No ha cambiado nada. Yo muy feliz que me conviden a los proyectos, pero esa invitación, creo, deben ser cada vez más profesionales, más integrales, más críticas, y que no sea mero rollo por la buena onda. Esta bien el ejercicio, pero chuta, ¿qué contenido vamos a mediar con la comunidad?”.

Guillermo, en virtud de tus propios discursos, trayectos, tus propias genealogías en el campo de las artes, hoy, ¿A quién incomodas con tu práctica?

“Yo creo que a la misma comunidad, a la ciudadanía, pues parte de ella es la receptora más inmediata de mi trabajo. Y si se siente incomodada, está bien, porque si no, ¿qué está pasando? Mi cuerpo es un medio y un espejo para decir lo que se oculta y se calla, lo que no se conversa. Me interesa crear esos momentos de reflexión, de quiebre del cotidiano para provocar un click. Preocúpate si no estás generando una reflexión”.

Relevante en estos tiempos definidos por las lógicas neoliberales, sobre todo en ámbitos culturales.

“Como artistas coqueteamos con este sistema. Claro que la autogestión te da una libertad, pero los procesos son muchos más lentos, entonces tienes que dedicarte el 100% a la búsqueda de recursos. Yo me saco el sombrero frente los artistas jóvenes que están en la trinchera de la autogestión. Me he visto en la paradoja y la dinámica del formulismo, de estar en esta suerte de tomboleta de competencia con tus pares, el exitismo. Es súper desgastador. ¿Cómo no va a alcanzar una asignación anual para cada artista que esté identificado, que responde, que está creando? Que nos instalen en las comunidades para hacer un trabajo relacional, donde los procesos de obras sean importantes, donde uno sea un facilitador de la construcción de un proceso creativo que nazca de la comunidad. Eso sería hermoso. Sobre todo cuando percibes que las políticas públicas en cultura están enfocadas a los productos, más que a los procesos. Como artista te encuentras con todas esas barreras instaladas.”.

¿Cómo ha sido tu relación con las instituciones que cobijan o albergan tu obra? ¿Qué ha definido esas relaciones?

“Igual me he visto enfrascado en situaciones como lo que no se vio en el happening. Han sido complejas en su momento y, por ahí, me quedo piola. Bueno cuando ya la gota rebalsa el vaso, no me quedo callado, porque tengo un proyecto político que también requiere denuncia. Pero sí me he visto enfrentado a esas situaciones que son bien complejas, como que te digan que tienen que ver tu obra o dejar una a cambio. Regalar una de tus obras para tener ciertos espacios. En dos oportunidades me manifestaron que eran muchas las obras, pensaban que el trabajo contemporáneo conceptual debiese ser mínimo, y mi trabajo es todo lo contrario, barroco, es un vomito. Ese fue un ejercicio. Al final pude mostrar todas las obras que tenía, quedaron todos contentos, pero siempre está esa insistencia de que no, que la sala tiene que estar con tal connotación. Yo me preguntaba, ¿y dónde está escrito eso? Y, también, ¿qué me pasa cuando mi discurso está subordinado por el de las instituciones? Años atrás quisieron que montara una muestra, pero sin mostrar al público, en la Biblioteca Municipal. Me censuraron y yo no me quedé callado. Más allá de los recursos, hay algo que te moviliza. Para hacer una performance súper piola y discreta, lo mínimo que gasto son 50 lucas, además del tiempo. Verte agredido, insultado gratuitamente, cuando la comunidad que estaba viendo mi montaje -que reflexionaba en torno a la pedofilia- estaba interesada, es terrible. La persona encargada no estaba entendiendo el discurso, los símbolos, el hecho que había una cruz lo impactó y fui censurado”.

Importante, por eso, la pulsión mediadora de la obra.

“Por eso uno de los puntos fundamentales de la circulación del segundo semestre es la mediación, mas allá de lo que vamos a publicar. Todas las actividades tendrán esa connotación. Vamos a bajar toda la información, incluso, el lenguaje, pues yo trabajo con una disciplina poco conocida. Hay mucha confusión, aun no se entiende. Recordemos que más del 70% de la población chilena nunca ha ido a una exposición de arte, entonces, menos saben de performance. Por eso todo el lenguaje escrito debe ser claro, conciso, preciso, amigable. Más allá de instalarme y desarrollar un tema X, quiero comunicar porqué elegí la tierra, porqué voy a vomitar, explicar todo”.

Comparte con nosotros un poco de tu entrega para la edición impresa de Animita Migrante.

“Los temas presentes son migración, colonialismo, capitalismo, violencia, poder, esclavitud y sus nuevas formas. Reflexiono sobre la violencia, la discriminación, racismo y xenofobia de nuestro pueblo chileno. Dentro de los grupos migrantes los más discriminados son los haitianos, es por ello que ahondo en su historia, en su pasado que persiste (un presente inestable – un futuro violento e incierto) y es un desborde de símbolos. A partir de cartografías-mapas antiguos construyo un imaginario vulnerable de fragmentos de historias de quienes buscan una mejor calidad de vida. A nivel técnico, comencé realizando un mapa conceptual para visualizar diversos conceptos en torno a los procesos migratorios de diversos países de Latinoamérica. Comencé a realizar un collage con imágenes libres, encontradas en el internet, pero fue una técnica que deseché rápidamente, ya que me significaba un gasto económico en impresiones. Derivé, luego, a la búsqueda de imágenes para dibujarlas-calcarlas y realizar un collage. Lápices de tinta negra y acuarela en tonalidades de grises inundaron este intento. Luego derivé a la integración del color, a través de la acuarela y tira líneas, ilustraciones que conservan mi lenguaje de un qué hacer en la técnica, mi barroquismo al desborde, la saturación de los espacios”.

Imágen: Guillermo Moscoso