Procesos y prácticas para Animita Migrante

“Para mí la decisión de decirme artista ha representado una posición política”

El trabajo artístico de Camila Lucero (1987) ha transitado por diversos cruces disciplinarios y materiales, que incluyen la intervención urbana, la fotografía, el trabajo manual y el arte digital, entre otros, incorporando materialidades como telas, lanas, hilos, programas computacionales y el propio cuerpo en un trabajo de exploración del cuerpo y sus posibilidades, mezclando la potencia del arte urbano con pasajes de gran intimidad. Camila es Licenciada en Artes Visuales, de la Universidad de Concepción, y actualmente vive en Alemania. Su obra se basa en la indagación de escenas propias y ajenas desde las cuales proyecta imágenes que dialogan creativamente con los materiales que elige para plasmarlas. Siente un especial interés por el trabajo colectivo, por formar parte de un relato dialogante y comunitario. Definirse artista va más allá de las metas, los egos, la competencia y los espacios del arte entendidos como dispositivos de poder que replica las lógicas capitalistas. En esta edición de Animita, nos comparte su particular manera de entender el arte y, sobre todo, las opciones vitales desde donde opera su práctica, interviene también esta edición con una obra que explora el cruce entre paisaje y territorio que es una temática que ha acompañado transversalmente su proceso creativo.

¿Como artista y creadora de un discurso contemporáneo, sientes que debes posicionarte frente a las sistemáticas violencias que se desprenden del relato capitalista?

“Esta problemática por supuesto que ha estado siempre presente en mi trabajo y en mi vida. Decidirse a pertenecer al mundo creativo en Chile no es una decisión fácil para una joven, pues es un mundo que normalmente está organizado por hombres. Por supuesto que en la institución se empiezan a sentir diferencias, eso siempre ha estado presente y lo que más me llama la atención es que cuando hablamos de violencia parece que se manifiesta a través de hechos tangibles, pero hay maneras más sutiles. Estando, hoy, en un continente que no es el mío (Europa), estoy cada vez más validándome y considerándome como mi propio territorio. Y, por supuesto ,que eso repercute en mi trabajo, en mi vida diaria y en mi trabajo como artista. Lo que pasa con la migración en Chile, lo que pasa con la violencia de género en las universidades, lo que pasa con naturalizar la violencia, son temáticas en que como artistas visuales y como personas creativas tenemos que tomar posición”.

¿Cómo ello cruzan o definen tu trabajo?

«Por ejemplo, en el mundo creativo, en el mundo de las artes visuales, está presente la competitividad, y yo nunca me sentí dentro de esa lógica. Para mí la decisión de decirme artista ha representado una posición política, porque no soy la artista que tiene exposiciones muy seguido, la artista que tiene un taller. Por supuesto que siempre está la sombra de los problemas económicos alrededor de la capacidad material que se tiene para sustentar económicamente la vida, pero para mí es una decisión personal validarme y considerarme artista. Siempre he practicado la autobiografía, de manera más fuerte ahora, porque soy más consciente y he considerado el cuerpo como el territorio para trabajar. Me parece que cuando se decide trabajar con el cuerpo hay, por una parte, una restricción que estaba impuesta y, por otro lado, una libertad enorme de simplemente producir”.

¿Cuál es tu relación con los espacios de exhibición y las plataformas de difusión del arte contemporáneo?

“He participado de exposiciones colectivas, lo que me gusta mucho, sobre todo por la posibilidad de conectar con otros artistas que creo que es algo demasiado importante. Compartir procesos creativos, conversar y reflexionar en torno a las obras y creo que se conecta mucho con lo que pasa con Animita que, finalmente, es un cuerpo de obras donde entre todos formamos un relato, me gusta mucho eso. Ser parte de un todo creo que es indispensable, conectar y crear colectivamente. Otra cosa que rescato de mi relación con los espacios es que lo que más me acomoda es participar de espacios “B”. Espacios que no son institucionales. Trabajé, por ejemplo, con la galería Móvil de Leslie Fernández y Oscar Concha. También, dentro de mis investigaciones o del trabajo que he realizado ,me gusta relacionarme con las personas de forma directa y considerando el proceso de trabajo como parte de la obra. No es lo mismo trabajar en el taller y, luego, exponer a hacer un proceso con las personas. Yo creo que el deseo de lo colectivo eso es algo que me identifica. También la mediación cultural”.

¿Cuáles son los procesos reflexivos por los que transita tu obra para esta edición de Animita Migrante y cuáles son los soportes materiales que utilizaste?

“Comenzaré comentando sobre los materiales. Las imágenes están trabajadas con fotografías análogas que están digitalizadas. En ambos casos ocupé imágenes que mantuve en sus proporciones originales. La segunda imagen está trabajada digitalmente y lo que hice fue utilizar el programa photoshop y con una herramienta seleccioné la textura de la imagen y eliminé todo el excedente y obtuve como resultado una especie de grilla, textura que utilicé para armar esta especie de collage digital. Con respecto al proceso reflexivo, he estado trabajando con el imaginario del territorio, es por eso que he seleccionado fotografías del mar, de la costa sur de Concepción. Específicamente, son imágenes de la desembocadura y de Coliumo. Sin embargo, en las imágenes no hay manera de llegar a una identificación geográfica, por el encuadre de la imagen, o sea, que carecen de perspectiva. Por otro lado, al trabajar las otras fotografías digitalmente, obtuve como resultado una especie de mapa de textura. Yo esperaba que dieran lugar al mar que está citado en las fotografías. En el fondo es trabajar con el imaginario del territorio, pero desde un punto de vista subjetivo”.