Las prácticas artísticas son prácticas políticas. Más allá, corpopolíticas. El cuerpo no es tabula rasa, sino que le atraviesan una serie de relaciones de poder que le definen, controlan e impactan. Cuando pensamos y miramos en/desde los cuerpos, lo que hacemos es activar el desmontaje del relato moderno, interpelándolo en su pulsión biopolítica y evidenciando esas articulaciones de poder. Los procesos de racialización y el orden patriarcal, institutivos del relato moderno y capitalista, tiene toda una genealogía que es necesario visibilizar para comprender la forma en que hoy fluyen las sociedades, se construyen las identidades y se confiscan las miradas en torno a las narrativas historiográficas. La problemática migratoria y las diversas reacciones de racismo articuladas a ella, no son más que la actualización del proceso de jerarquización de la población en “superiores e inferiores”, que dio el punta pié inicial a la lógica capitalista durante el siglo XV. No es posible hablar de capitalismo, sin racialización y patriarcado. Ambos ordenamientos, también, definirían y definen las formas en que construimos conocimiento y marcan los procesos de subjetividad europea donde la estética, al constituirse en disciplina, se plantea como objetiva, neutra y universal.

Hoy las prácticas artísticas tienen pulsión y sentido en virtud de una interpelación directa al capital, incomodando y desmontando los dispositivos narratológicos (patrimonio, arte, literatura, historia) que definen las políticas de la memoria y controlan que las experiencias de los cuerpos negros e indígenas, de las mujeres y de los/as niños/as, ingresen o no a los archivos, museos, textos escolares, etc. En ese contexto, emerge la pregunta, ¿qué o a quienes interpelamos a través de nuestra experiencia artística? ¿Cómo y desde dónde tomamos posición o dotamos de proyecto político nuestra práctica? O más bien, ¿cómo impactan o giran nuestras prácticas y modos de hacer las sistemáticas violencias de género, raza y clase?

Es así como Animita se vuelve migrante e interseccional. Se abre como un espacio de articulación entendido como una plataforma transformativa que permita crear nuevas redes, trazar líneas y cartografiar conexiones entre artistas y sus saberes. Animita Migrante adscribe a una identidad nómade que, en palabras de la filósofa Rossi Braidotti, da cuenta de un mapa de lugares en el que ya se ha estado y que siempre puede reconstruirse porque lo que le define es “la subversión de las convenciones establecidas, no el acto literal de viajar”. 21 artistas de Chile, Bolivia, España, Suecia y Alemania, son los/as convocados/as a compartir ensayos gráficos en torno a conceptos como migración, exilio, identidad, pertenencia, desplazamiento, frontera, muro, memoria, país; asumiendo la contextualidad y coyuntura que se deprende de la compleja serie de relaciones que rodean y configuran su práctica artística.

El “producto editorial” será la excusa para relevar sus procesos y modos de hacer; y que a través de un diálogo crítico iremos compartiendo en esta plataforma digital.

Paulina Barrenechea
Periodista
Animita Migrante

Imágen: Hari Rodriguez